¿Qué estamos sosteniendo realmente?
La sostenibilidad se ha convertido en un concepto global, una etiqueta, un lenguaje compartido que usamos como argumento de venta, como modo de vida y como una narrativa tranquilizadora.
Nos habla de materiales responsables, producción consciente, impacto reducido, de medioambiente, y todo eso importa, pero a veces se nos olvida la parte humana y que hablar de consumo sostenible no es accesible a todos los sueldos, y que no todo el mundo crece con los mismos valores y educación. Por eso creemos en la comunicación y en compartir conocimientos para aprender juntas.
Hay una pregunta más incómoda que casi nunca se formula:
¿Estamos transformando el sistema o solo aprendiendo a sostenerlo mejor?
Porque muchas veces la sostenibilidad funciona como un parche dentro del mismo sistema que generó el problema. Optimizamos. Ajustamos. Compensamos. Solo que ahora lo llamamos “consciente”.
Pero no cuestionamos la raíz del problema, que es que producimos, consumimos y desechamos al mismo ritmo, llenando vacíos emocionales y estando más desconectados que nunca del entorno, de los demás y de nosotros mismos.
La gran contradicción
¿Cómo vamos a escuchar al planeta si no somos capaces de escucharnos a nosotras mismas? No sabemos sostener pensamientos propios, emociones, ritmo de vida, descansos, límites, autenticidad…
Vivimos “transmi(n)tiendo” a un ritmo que no es sostenible para el cuerpo, ni para la mente ni para el alma. Y eso hace que el problema no sea solo ambiental, sino existencial.
Un sistema acelerado nace de personas aceleradas.
Un sistema desconectado nace de personas desconectadas.
La contaminación no es solo externa, es interna. Estamos saturados de estímulos, de exigencia, de comparación, de ruido… Y desde este estado intentamos construir un mundo sostenible.
Ahí está la contradicción.
La narrativa que nos tranquiliza
Estamos normalizando colgarnos la etiqueta verde como parche a la realidad, con argumentos como “Compra mejor”, “Elige marcas responsables”, “Reduce tu impacto”.
Y aunque estas acciones tienen valor, mucho valor, también pueden convertirse en una forma sutil de tranquilizar nuestra conciencia sin transformar el fondo, sin aceptar esa contradicción y poner el foco en las posibilidades de cada uno y en cómo elegimos cada día lo que pensamos, lo que decimos, lo que vestimos y en cómo vivimos en general. Sostenernos a nosotros mismos desde la coherencia interna.
La sostenibilidad no puede reducirse a una decisión de compra, porque el problema no comenzó en la compra.
Comenzó en la desconexión. Desconexión de la naturaleza, con el cuerpo, con el ritmo natural de la vida y con quienes somos.
Transformar desde la raíz
La verdadera transformación no empieza en el producto, ni en la marca que eliges consumir, ni en nada externo a nosotras. Empieza dentro de cada una de nosotras, en cómo somos con los demás, en tu ritmo de vida. Empieza cuando nos preguntamos si es sostenible para mí mi estilo de vida, mi forma de trabajar, la relación conmigo misma, mi nivel de exigencia…
El ser humano no solo contamina el planeta, contamina sus relaciones, su tiempo y su energía, y esto se contagia y crea miedos y desconexión.
Por eso creemos que la sostenibilidad real no es solo medioambiental.
Es emocional, relacional, espiritual. Es volver a la atención, volver a empatizar con la Tierra y el cuerpo que habitamos, con nosotras mismas y con las demás.
Nuestra visión
Para mí, sostenibilidad no es un atributo externo, ni específico ni perfecto.
Significa sostener nuestro propio sistema nervioso, ofrecer una base con responsabilidad, implicación y presencia. Es no anestesiarse con consumo, ruido o distracción.
Significa cuestionar incluso nuestras propias creencias y contradicciones, crear sin explotar el deseo constante de novedad.