Storytelling CAMINO DE SANTIAGO

ēterfly no nace como una idea de negocio; nace de mi propia experiencia personal, de vivencias que te transforman y, sobre todo, nace del corazón, con la intención de inspirar y acompañar procesos a otras mujeres que puedan sentirse como yo.
Como siempre digo, hay tres experiencias en concreto que plasman la raíz de este proyecto, que me cambiaron para siempre y fueron el origen de lo que, a día de hoy, es ēterfly.
Hacía tiempo que quería hacerlo, pero lo típico, que esperando a que alguien se apuntara, lo iba postergando. En esos momentos tenía un negocio que no funcionaba del todo bien, había pasado por una ruptura sentimental y mis amigas empezaban a casarse y a tener hijos, mientras yo me sentía sola, diferente; sentía que no encajaba en ningún lugar y que necesitaba una talla más de vida.
Precisamente por eso, porque me sentía sola y perdida, decidí coger mi mochila e irme a hacer el Camino de Santiago en solitario en búsqueda de respuestas.
Recuerdo que vinieron mis padres a despedirme a la estación, y se sentía como si me fuera a la otra punta del mundo: mi primer viaje sola y una madre que, desde el amor, cree que mi seguridad y felicidad se basan en estar cuidada, cerca y con un trabajo estable. Pero la vida tenía otros planes para mí. Llegué a Madrid con mi mochila de 30 litros; recuerdo que me sentía súper pequeña y llena de dudas y de ilusión por igual. Iniciaba mi viaje.
Aún no había salido de Madrid y ya me sentía un poco más libre. De camino hacia Sarria ya había conocido varias historias que hacían de espejo y que, sin duda, llegaron con algún que otro aprendizaje. No estaba sola. Había más mujeres viajando solas, que se podían sentir como yo en algún aspecto de su vida y que también buscaban respuestas y ese sentido de pertenencia.
A lo largo del camino, sentía cómo partes de mí se iban rompiendo. Sin teléfono, sin juicios, caminaba cada etapa despierta, atenta a cada señal, cada mensaje y cada persona.
Encontré refugio en la naturaleza; ella era mi maestra. Me invitaba a parar, a respirar, a escucharme. Me hacía sentir que era parte del todo, que no se trataba de encontrar mi lugar en el mundo, sino de encontrar mi lugar en mí.
Aquí se despertaron otras muchas emociones. Al acabar el camino y llegar a Santiago, empezó mi verdadero camino. Algo había cambiado y comenzó un viaje hacia dentro, de introspección: mi metamorfosis.
Esta experiencia me enseñó que hay mucho mundo y muchas personas por descubrir fuera de la zona de confort; que no estaba sola, que hay muchas mujeres que se sentían como yo, que tenían esa necesidad de sentirse sostenidas; que no tenemos por qué conformarnos con algo que no nos hace felices; que hay muchas oportunidades esperándonos y que somos muchas ovejas negras que, como yo, andaban en busca de su lugar, de saber quiénes eran.
Por otra parte, puse en valor todo lo que tenía, lo cotidiano, y me preguntaba —y me frustraba al mismo tiempo— por qué, teniéndolo “todo”, no me sentía feliz. Había estado días viviendo con lo que cabe en una mochila de 30 litros, nada innecesario ni de capricho, la ropa justa… ligera de equipaje y sin muchas comodidades que quizá tenía en el día a día y, sin embargo, me sentía más rica, más yo. Al volver a casa, empecé a sentir ansiedad al mirar mi armario y ver tanta ropa, tantos espacios con cosas, tanto ruido e información, tantos estímulos. Obvio, yo aún no estaba preparada para darle nombre a esto ni para ser consciente de lo que estaba pasando, pero algo en mí ya había cambiado.
Volví a casa con la mochila llena de aprendizajes, de personas y nuevas sensaciones; una llamada al cambio, al crecimiento personal y a la creencia de que no estaba aquí para encajar ni para cumplir con las expectativas de otras personas. La creencia de que vivir de otra manera era posible, vivir más lento, vivir desde la esencia.
Y así es como empieza una nueva etapa en mi camino de vida: un viaje hacia dentro, respetando el proceso y mi propio ritmo, aunque no sea ni cómodo ni fácil.

